El Elemento Incomprendido

Las lenguas bailan apretándose, apegándose, siguiendo el lánguido contorno la una de la otra y justo cuando parecen disminuir hasta la inexistencia, vuelven a estallar de una manera exagerada y grandilocuente. Danzan entre ellas exóticamente, se miden con sigilo y también con pasión. Desconfiadas, engreídas y pacientes. Furiosas estrategas color sangre, de una humedad antinatural, fantasmal, fluyen como un río espectral, disputando lo que puede ser tanto un llamado de apareamiento como un llamado a las armas.
Cientos y miles de estas lenguas, una junto a la otra, disputándose en una ardiente vorágine, en una orgia brutal. Así es el fuego, el elemento incomprendido. Compuesto de miles de extremidades que parecen poseer voluntad propia y sin embargo temen a su núcleo, como niños a la oscuridad.
El fuego, el elemento indomable, incontenible, inmensurable. El elemento salvaje. Difícil no caer bajo el efecto de su hipnosis, quedar atontado ante su danza y acercarnos más y más, con la intención de entenderlo, la estúpida intención humana de entenderlo todo. Nos acercamos más y más entonces, perdidos en sus cambios de color, en sus movimientos invertebrados, en su aliento animal, hasta arder espontáneamente, mientras el fuego se alimenta de nuestra carne cual cachorro hambriento, abandonado y nos es imposible retirarnos de su mordida en un primer momento, ya que su beso deletéreo nos recuerda al abrazo del vientre materno, al primer calor, al único momento de seguridad en la vida del hombre.

Y entonces llegan los pensadores y tratan de entender al fuego desde distintos ángulos. Conteniéndolo, combatiéndolo, alimentándolo, creando catástrofes, muriendo en el intento y culpando al fuego una vez más, trazando así un hirviente circulo vicioso. No podemos entender al fuego: “Pues cavemos alrededor o esquivémoslo”. No podemos entender al fuego: “Pues ahoguémoslo con agua, sofoquémoslo con arena, o ¡Mejor aun! Asfixiémoslo, robémosle el oxigeno.”. No podemos entender al fuego: “Pues droguémoslo, nutrámoslo de químicos para que crezca más allá de sus límites y se coma a nuestros enemigos. Y el fuego muere solo, es extinguido o es utilizado para asesinar. Es por esto quizá, que el fuego no crece en las copas de los árboles, o brota de los manantiales.

La Tierra nos da la clave de nuestra propia existencia. Le dice al hombre: “He aquí este elemento, la sangre de mis venas que corre en lo profundo de mi, puede protegerlos de mil maneras, pero no desconfíen de él. Si lo cuidan y lo acompañan será su aliado.”. Pero el hombre no quiere entender, quiere juzgar y su insano juicio lo lleva a meter la mano, seducido por las eróticas lenguas danzantes, se quema y ya termina su paciencia. El fuego muere pero no sin antes llevarse algunas víctimas consigo, victimas que quizá nada tuvieron que ver con su exterminio, pero la agonía del fuego es extensa y desordenada. Y a veces no puede controlar sus propias lenguas. Y a veces abre la boca demasiado y, aunque lo hace para pedir auxilio, termina devorando un inocente.

El fuego no puede ser contenido, pero si acompañado. No se puede pretender llevarlo en la palma de una mano, no se puede restringir, sin esperar una quemadura a cambio. El fuego posee muchos encantos, es hipnótico, seductor, poderoso, veloz y sin embargo le resulta casi imposible expresarse con claridad cuando lo necesita y termina una vez más, ardiendo solo hasta extinguirse. Sin embargo a diferencia del agua dulce que esta pronta a desaparecer y a los vientos que ya no ayudan a respirar, el fuego no se extinguirá, es impoluto, perseverante y hasta la más pequeña de sus llamas da calor. Y eso es porque el fuego es el único elemento solitario. En el no vuelan aves, ni nadan peces, ni crecen flores. Sus llamas tiemblan porque su centro es inseguro, nadie quiere tocarlo, todos prefieren clavarse la espina de una flor que quemarse con una llama. Ahí es entonces, cuando el fuego tiembla, duda, muere. Y cuando una nueva alma viajante se acerca a él, explota con habilidad y alegría, expresando en su mudez, que no es necesario arrojarse de lleno a él, si no tan solo sentarse a su lado, disfrutar de su abrazo y compañía y comprobar que no muerde a quien no quiere ser mordido. Después de todo, es solo un elemento incomprendido.

 

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