Él -Cuento finalista del concurso Bs. As. en Tinieblas 2008-

Joaquín introdujo la llave de la reja de su casa en el ojo de la cerradura y dió dos vueltas enteras en el sentido contrario a las agujas del reloj. Todas las llaves que poblaban su llavero convulsionaron con un quejido metálico. No pudo evitar sentirse asqueado por su roce frió y su caricia de cobre. Cerró la reja tras de sí y alzó su vista. Un manto negro e infinito flotaba por encima de su cabeza y las estrellas desparramadas sobre él daban la impresión que el cielo del campo, se había mudado a la ciudad. Era una agradable noche de Enero, en todo aspecto. Joaquín acomodó sus hombros, haciendo saltar la gruesa campera color Camel que llevaba puesta y abrió la puerta de la antigua casa del barrio de Flores. Dió media vuelta y empujando la puerta con su cadera ingreso a la misma, sin quitar los ojos del cielo. Cuando la luz se encendió, gran parte de la pequeña casa permaneció escondida entre las sombras, como si los pocos muebles que la habitaban se refugiaran en la oscuridad, asustados al ver entrar a Joaquín. Él, acostumbrado a moverse en su casa sin mucha luz, atravesó la polvorienta sala de estar – la cual no parecía inerte sino dormida- de memoria. Las persianas estaban bajas y el óxido podía verse en las correas que nunca más habían sido utilizadas. Joaquín detuvo su marcha frente a una puerta y con repulsión anticipada, volvió a tomar su llavero y lo sacudió, sujetando a conciencia, la pequeña llave que buscaba. Antes de atravesar el umbral, tanteó el bolsillo externo de su campera entrecerrando los ojos y se aseguró de que el paquete, que en realidad se ocultaba por debajo de ella, aun estaba con él.Una vez dentro del inmenso cuarto, cerró la puerta y permaneció a oscuras, apreciando el nostálgico aroma del aserrín, la goma de carpintero y la humedad. Todavía en la oscuridad, alcanzó con su mano derecha el bolsillo interno de la campera y tomo una pequeña caja rectangular, sonrió para sí y afanoso, encendió la luz del cuarto. Con los ojos clavados en la pequeña caja metálica se dirigió a una mesa de trabajo y tomó asiento, sosteniendo el cofre a la altura de sus ojos.

Todavía estaba tibio.

Apoyando el contenedor sobre la mesa de trabajo, se estiró un poco hasta un estante ubicado a su izquierda y tomó, en 3 intentos, un par de guantes descartables del talle mas pequeño. Luego de ponerse los guantes con una sonrisa que nada envidiaba a la del gato de Chesire, Joaquín levantó la tapa de la pequeña arca y contemplo maravillado su tesoro personal. Amontonados, de una manera desprolija para su gusto, siete índices aun sangraban imperceptiblemente, agonizando sobre un delgado colchón de gasas. Las falanges estaban pegajosas y minúsculos hilos de gasa se habían adherido a ellas, como larvas mamando lo que les quedaba de vida. Esa imagen solía desesperar a Joaquín, pero se tranquilizó sabiendo que su trabajo recién comenzaba.

***

Luego de casi 4 horas de trabajo, solo restaba una falange por preparar. La faena le tomaba mucho tiempo, no por arduo, si no por ser él tan meticuloso. Perteneciendo este último dedo a una mujer, podría llegar a tomarse media hora más. Joaquín no comprendía como podían pintar sus uñas, seguramente no tenían idea de la cantidad de plomo que los esmaltes poseían. Una vez que la séptima muda de guantes fue efectuada, tomó el dedo índice por sus dos extremos, con precaución, como si fuera una estatuilla de ceniza, lo remojó en uno de los 7 recipientes con agua caliente y jabón antiséptico, que estaban posicionados sobre la mesa y luego de secarlo con un pañuelo de seda, tomo una pequeña lima y fue quitando la pintura roja de la uña, con enferma delicadeza para no rayar el cartílago. La costumbre había transformado a Joaquín en un experto en esta tarea, pero a él le gustaba concentrarse y jugar a estar nervioso, con la intención de, cuando el trabajo estuviese terminado, poder felicitarse con más énfasis. Él no alardeaba, no se daba créditos a si mismo, no estaba en esto para él mismo, en su debido momento otros le darían el reconocimiento que merecía. Una vez quitado el esmalte, sumergió el apéndice en el recipiente correspondiente, lo secó y trabajó sobre las cutículas, con la precisión de un manicura profesional. Luego de dejarlo secar por unos quince minutos, Joaquín, tomó un bisturí descartable de 300 nm y valiéndose de pequeñas incisiones, preparó la base del índice para insertar un  pequeño tarugo de acero quirúrgico. Reincidió en su insalubre necesidad de lavar el pequeño dedo, aunque por última vez y luego, con una varilla de hierro, recién calentada, cauterizó la base de este para que se cerrara y ajustara al tarugo.

Luego de cinco horas, habiéndose tomado un tanto más de tiempo del que acostumbraba para terminar su tarea, Joaquín estaba sentado frente a una hilera de 7 perfectos e impecables dedos índice. Suspirando sonoramente, largando toda la tensión e inhalando aires de autosuficiencia en recompensa, Joaquín se quitó los guantes, los arrojó en un cesto de basura, tomó del estante a su izquierda, un aerosol de laca protectora y roció las falanges con el spray. Acto seguido, tomando otro par de guantes descartables, y unas gafas protectoras, con aumento y luz propia, Joaquín, apagó las luces de la habitación, sumergiéndose en la oscuridad y uno a uno, fue tomando los dedos en siete viajes al cuarto contiguo. Una vez finalizado el último viaje, el macabro e infantil artesano cerró la puerta de aquel cuarto, volvió a encender las luces de su taller, se desnudó,  y valiéndose de una ducha eléctrica, en una esquina del cuarto, se dio un intenso y agresivo baño.

Una vez limpio – limpio – se secó con ímpetu, aprovechó la humedad del pelo, para trazar una raya al costado derecho, sin vestirse, apagó definitivamente las luces del taller y como  en trance, caminó desnudo en la oscuridad, hacia la puerta del cuarto del cual sólo lo separaba una fina pared, la entornó lo suficiente, para que entrara su mano y sin ingresar encendió las luces.

Estando todo preparado, hizo su entrada triunfal.

El cuarto de madera iluminado por una potente, aunque no encandilante luz, mostraba en sus cuatro paredes y en el techo, cientos y cientos de dedos índices señalando hacia el centro de la habitación, gracias a cada tarugo correspondiendo a cada tornillo preseleccionado y preparado en las paredes y así sosteniendo las incriminatorias extremidades. Desnudo y posicionado donde todos los dedos lo alcanzaran, por fin disfrutó de su recompensa. Todos los dedos lo señalaban a él, su mutilador, su padre, su héroe. El pánico de cada una de sus víctimas era como un hilo invisible que iba desde sus manos mutiladas hasta el dedo atornillado en la pared, que señalaba a Joaquín adjudicándole el titulo de maestro de las “artes” oscuras, sin darle oportunidad al antiguo poseedor del título, Edward Gein – ¿Quien querría un cinturón de pezones? -, quien tendría que observar desde el Infierno, como le quitaban su trono.

Joaquín se sentía flotar. El deleite que le producía estar bajo las angustiosas acusaciones incorpóreas lo hacían sentir inmortal. La erección que tenia lo hacia sentir mas poderoso aún, su sangre corría en cantidades grotescas, alcanzando cada rincón de su cuerpo. El éxtasis que lo envolvía no le permitió escuchar como la policía Federal derribaba la puerta y sin aviso alguno, tiraba a matar. Uno a uno, los treinta y ocho tiros que el forense luego declaró haber extirpado de su cráneo, fueron destrozando su cabeza, esto no era como en las películas, los oficiales sabían tirar a precisión y obtenían su propio deleite sádico en hacerlo a la cabeza. Como también una cosquilla en sus dedos índices.

Para cuando el humo de la balacera se disipó, el cuerpo de Joaquín ya había tocado el suelo hacía mucho tiempo y reposaba en un abrazo de sangre, masa encefálica y materia fecal. La imagen que comprobaba su muerte, duró solo unos segundos, ya que los dedos acusadores ocuparon de inmediato la atención de los agentes. Todos los ojos, observaron todos los dedos que conformaban el horrendo diseño de la habitación, la cual por más irónicamente aterradora, no dejaba de ser real, como un incendio en un crematorio. El cuerpo masacrado de Joaquín, tirado en el centro del cuarto, corto los hilos de pánico que unían a los dedos de sus dueños, dejando solo así un mal gusto a justicia, y una representación casi dadaísta, de otro desadaptado social.

 

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